jueves, 8 de septiembre de 2016

Joan Vinyoli



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En 1980 José Agustín Goytisolo publicó en Lumen 40 poemas de Joan Vinyoli y creyó necesario redactar unas líneas que informaran sobre la historia de Cataluña. Recordaba que Cataluña era una nación claramente diferenciada dentro del Estado español, y concluía: “Pese a obstáculos y avatares, opresiones e injusticias históricas que a grandes rasgos se han trazado aquí, el valor de los escritores en lengua catalana es sorprendentemente alto en el contexto de la literatura univesal. De ello nos va a dar prueba concluyente la poesía de Joan Vinyoli”. Casi veinticinco años después podemos decir que está sucediendo exactamente los mismo, pero al revés.
En Barcelona y Cataluña en general se da una realidad que no deja de ser paradójica. Como en todas partes hay poetas, solo que aquí se segregan por la lengua en la que escriben y da como resultado  que quienes escribimos en castellano, al contrario de lo que sucedía hace unos años, institucionalmente somos borrados del mapa. Casi nadie se atreve a hablar de este asunto porque se tiene miedo de que te acusen de españolista o anti-catalanista, así que un silencio consensuado e incómodo nos hace hablar con la voz muy baja de este asunto preguntándonos hasta dónde llegará todo esto.
Se cumplen cien años del nacimiento del poeta Joan Vinyoli (1914-1984) Este año tenemos ediciones completas, antologías, página web, conferencias y homenajes, lo que no es de sorprender,  ya que Vinyoli fue un poeta excelente, más bien pesimista y doliente, que escribió una obra lo suficientemente turbadora como para que sea recordado y traducido, y aquí me detengo. La traducción al castellano es del poeta y traductor Carlos Vitale, argentino afincado en Barcelona desde 1981, a sus espaldas varios premios de traducción en lengua italiana y varias traducciones de otros poetas catalanes. El prólogo nos acerca al alma de su poesía, conciso y certero lo ha escrito el comisario de la conmemoración del año Vinyoli, el escritor Jordi Llavina.  Vinyoli fue el primer escritor en catalán que recibió el Premio Nacional de Poesía (post-mortem), fue reconocido por sus traducciones al castellano y por los elogios de su obra como los de Juan Luis Panero,  Vicente Valero, el mencionado José Agustín Goytisolo, entre otros.
Hay una manera de construir la tradición literaria que consiste en nombrarse unos a otros alrededor del poeta mayor aprovechando que se celebra un evento relacionado con su muerte o con la primera edición de su libro. El mapa se queda muy pequeño porque casi siempre son los mismos quienes están en todas partes y al final no sabemos, en caso de que Vinyoli estuviese vivo, hasta qué punto estaría de acuerdo con la  gama de elogios que flotan alrededor de su obra.
Joan Vinyoli es uno de los poetas imprescindibles que recomiendo leer. Intenso, cotidiano, realista, pesimista, lúcido, poco amigo de seguirle el juego a nadie  y luminoso. Traductor de Rilke y buen receptor de su obra, se tomó en serio aquella máxima del entonces  joven poeta alemán que en los Cuadernos de Malte Laurids Brigge,  decía que la poesía no es cosa de sentimientos, sino de experiencias. Fue pobre, tuvo que ponerse a trabajar muy joven en la editorial Labor que después sería absorbida por la editorial Barral.  Allí trabajó toda su vida hasta que se jubiló. Vinyoli se sintió marginado por la crítica y los poetas de su tiempo, relegado de las antologías por no haber compartido las corrientes estéticas del realismo social. Así los expresaba: “Al acercarse la vejez, todavía continúo persiguiendo lo real poético a pesar del silencio y la marginación en la que algunos pontífices de la crítica del país me tiene y me tendrá porque resulto incómodo y ya lo saben todo y no encajo en sus parámetros”. Le darían a título póstumo, un año después de su muerte, el Premio de la Generalidad Ciutad de Barcelona, el Ciutad de Mallorca y el Serra d’Or. Lamentable.
Su poesía se propone trascender la mísera condición del hombre y aunar instancias de nuestra experiencia. “Hago de nada, con palabras, un provisional/ rellano, cuando ya la escalera no sigue/ y da al vacío – desde donde se pueda ver/ la explanada del tiempo con sueños aparcados/ por siempre jamás: al fondo, un monolito de pórfido/ que no se corresponde a ningún interrogante. Abiertos/ los ojos miran un azul intenso de mar/ en movimiento que se va volviendo arena (…)


domingo, 4 de septiembre de 2016

Un poema de Giovanna Recchia







Colores se desplazan
mareo del minuto en que llega la palabra
La forma de la duda
es un monstruo que se alza
sin rostro que nombrar
sin sombra
noche que le toma el cuerpo desmedido
y se abre
se estrella
se mutila

trizado el poema
fragmentos de la lengua
acobardada


Giovanna Recchia

(Trelew, Chubut, 1973)

lunes, 29 de agosto de 2016

Belleza



La belleza está asociada a un estado de calma y de bienestar donde participa el oído, la vista, el tacto, el olfato y la percepción del mundo, La naturaleza gravita , por una parte, en objetos bien definidos como frutas, árboles, arbustos, animales, seres humanos, rocas, picos montañosos o estrellas; por la otra, es un continuo que nos rodea o hace de telón de fondo: aire, luz, temperatura, espacio. Tendemos a segmentar los continuos de la naturaleza... (Yi-Fu Tuan)

sábado, 20 de agosto de 2016

La herida narcisista

 




Cualquier persona puede ser amada. El ser más estrafalario del mundo es objeto de devoción para el amante fervoroso. El amor es una experiencia compartida pero no tiene por qué ser la misma para ambos. Existe el amante y el amado. Según Carson McCullers, (Columbia, Georgia 1917-Nyak,  Nueva York, 1968) ,  en su inolvidable relato La balada del café triste escrito en el año 1951, es mejor ser amante porque “muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante”. La teoría del amor que nos transmite la escritora norteamericana parece penetrar en Amelia Evans la protagonista alta y morena “con huesos y músculos de hombre”. Una mujer con el pelo corto hacia atrás que de repente se enamora de un jorobado tísico. ¿Qué descubre esa mujer en alguien tan adverso físicamente? No sabemos qué le da. Tampoco sabemos si hace el amor con ella, ni si tiene conversaciones interesantes, ni de donde viene, ni qué pretende. Sabemos, eso sí,  que aparece en la más absoluta pobreza y sin embargo, es capaz de seducir. “El valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante”. Ella de pronto descubre en ese ser que su necesidad de amar carece de un destino. Probablemente el hecho de que sea extranjero le predestina como objeto de  su amor porque lo nuevo y lo no convencional le atraen ya que son un reto para ella porque es una persona que necesita luchar. Parece decirnos Carson McCullers  que la calidad del amor es la misma siempre que el amante invente a su amado, y no importa demasiado el aspecto. Sólo el deseo permanente de amar para sentirse transformada. Y claro, es el amante quien posee la palabra y por lo tanto dota de sentido al amado. Quien puede articular el discurso del deseo está en posesión del poder del lenguaje. McCullers elabora una teoría del amor que sin duda está latente en nuestra manera de mirar el mundo mediante el papel que nos otorgamos cuando amamos: elegir nosotros. La maravilla probablemente se encuentre en la ductilidad de los papeles, en saber que éstos pueden intercambiarse y de pronto sorprenderte con que eres la amante.
También existe otra medida del amor y es la que Jeanette Winterson, (Lancashire, Inglaterra, 1959), plasma en Escrito en el cuerpo ( 1992). Tenemos una voz narradora que no desvela su género.  Comienza diciendo: “¿Por qué la pérdida es la medida del amor? Esta es la historia de un trío –recurrente situación en la obra de Winterson- . El narrador ama a Louise, mujer casada con un médico judío, éste juega a que quiere a su esposa. Es un juego con matices porque ¿Cómo se puede seguir jugando cuando las reglas cambian constantemente? Un amor no se puede escudar dentro del matrimonio “patético con muchos sentidos” nos dice la escritora inglesa. Antes  de conocer a Louise, otra amante del narrador de la novela de Winterson, después de dejar la relación con una mujer llamada Bathsheba, también felizmente casada, rememora aquella felicidad al recordar otros amores porque “la naturaleza es fecunda, pero voluble. Un año deja que te mueras de hambre, y al año siguiente te mata de amor”. Wintersson en su obra se ríe de las coordenadas tiempo-espaciales convencionales y su personaje salta de alma en alma intentando encontrar aquello que realmente merece la pena: el despertar del amor dormido.  Pero el amor tiene tiempo de caducidad a no ser que la pérdida sea su medida. Louise se pierde y la búsqueda de la amada ocupará el tiempo real e imaginario de la amante. El cuerpo  manda. “¿La deseas cuando la miras? ¿La ves cuando la miras?”.  Consiste sobre todo en no tener en cuenta los clichés y parecer lo menos sensato posible. “Nadie puede legislar el amor; no se le pueden dar órdenes, ni engatusarlo para que se ponga a tu servicio. El amor pertenece a sí mismo, sordo a las súplicas, inmutable ante la violencia. El amor no es cosa que se pueda negociar”. Los personajes de esta autora inglesa sienten el deseo suspendido en un cuerpo que se echa de menos porque no se ha disfrutado del todo.
No importa quien narre, Winterson da textura y espesor al amor y lo sustrae de la pareja convencional. Su literatura enlaza con la tradición no realista que dejaron otras escritoras como Wolf y Stein y desmonta una política sexual dominante y basa su  ideología en la reivindicación del placer. . Nos enseña, sobre todo, que en cuestiones de amor, no manda nadie y en su efímera esencia radica todo su encanto. Es la ausencia del ser amado lo que construye el deseo y la pérdida del mismo aquello que potencia el amor. Imposibilidad y goce se materializan en la misma persona porque mientras dura el deseo todo es posible y será el cuerpo de los amantes quienes den la medida del amor. Miradas poco convencionales articuladas alrededor de un discurso que se aparta de los modos conservadores de poseer a otro, esos que derivan en la indisolubilidad del matrimonio, o lo que es lo mismo, en la quimera de sostener que el amor y el deseo deben ser eternos.
En El bosque de la noche (1936) la obra maestra de Djuna Barnes,  (Nueva York 1982-1982), donde se relata la pasión de la escritora neoyorquina por Thelma Wood. Centrada en el París de los años veinte y focalizada en la vida nocturna de algunos personajes que fingen una ascendencia aristocrática o una profesión de artista. La figura de Robin está inspirada en Thelma. Es esa mujer que seduce por su físico y su animalidad tanto a hombres como a mujeres. Despreocupada y pasional su destino parece ser el de conquistar su lugar como amada. Nora, el alter ego de Barnes, quedará seducida por esta mujer y construirá a partir de su experiencia amorosa con ella un discurso basado sobre todo en la pérdida. Porque El bosque de la noche es un libro que parece estar escrito con rabia. “Ella era una de esas personas que nacen sin recursos, salvo el recurso de sí mismas”, piensa Nora cuando conoce a Robin en un circo comparándola con una leona. El animal es inocente y por lo tanto Robin  tiene el don de la falta de culpa porque su inconstancia le salva de tener una conciencia obsesiva.  La novela refleja la impotencia de la amante que ve como la amada no se inscribe en el destino que tenía preparado para ella, o lo que es lo mismo, reconocer que la posesión es un asunto que una misma establece con sus fantasías. El vagabundeo de su amante de bar en bar y de cama en cama no es una metáfora de la libertad, sino de la inocencia:  “El mundo y su historia eran para Nora como un barco en una botella; ella se mantenía fuera, sin identificarse, interminablemente absorta en una preocupación sin problema”. Pero a la vez esta conducta disoluta pone de manifiesto la condición humana en la que la satisfacción de cualquier deseo parece ser un objetivo imposible. Los parlamentos del ambiguo doctor O’Connor, que en realidad dan voz a la conciencia de Nora,  iluminarán las zonas oscuras de este apasionante texto que también dice la verdad sobre nuestra naturaleza porque “la pena del hombre va cuesta arriba. Cierto, es muy pesada de transportar, pero también es pesada de conservar. (...) No existe la pena pura”. Es un continuo vagar de amor en amor para que se cure la herida de la existencia porque todo deseo es insaciable y absolutamente narcisista.

CONCHA GARCÍA

 Publicado en ABC Cultural, 15/07/2000