lunes, 15 de enero de 2018

Estela Figueroa






A cinco meses de la inundación



A la mañana
maté una cucaracha.

Luego vi otra
veloz
por la pared.
¿Dónde estaban?

Por la tarde
vi muchas moscas
en el patio
¿Dónde estaban?

¿Y dónde estaba yo?

Por un momento me pareció
que todo
era como antes.

domingo, 7 de enero de 2018

Inger Chiristensen





Mientras escucho un cedé de sonidos de pájaros para  sobrellevar  el ruido de la  ciudad que llega tras la ventana, abro el poemario de Inger Christensen recordando su afable rostro sonriente en Barcelona,  hace ya unos cuantos años. Recuerdo su cuerpo menudo y su potente voz enunciando sus acompasados versos. Entonces ella  tenía  cincuenta y siete años. Nació en Vejle, Dinamarca en 1935, y murió en 2009 en Copenhague. Su obra es considerada cumbre de la poesía danesa. Ha sido candidata al premio Nobel. Traducida a más de treinta lenguas,  recibió  numerosos premios, entre ellos el Premio Nórdico de la Academia Sueca. La editorial Sexto Piso inaugura colección de poesía,  y lo hace editando Alfabeto, que todavía no había sido traducido al castellano.
Según Octavio Paz, la poesía moderna se mueve entre dos polos, que él llama lo mágico y lo revolucionario. Lo mágico consiste en un deseo de regresar a la naturaleza mediante la disolución de la conciencia de uno mismo, que nos separa de ella. Lo revolucionario exige “la conquista del mundo histórico y de la naturaleza. Ambos fundamentos convergen en la poesía de la poeta danesa.
Alfabeto es uno de los libros esenciales de la poesía europea del S. XX. Se trata de un largo poema inspirado en las reglas que rigen la naturaleza y las matemáticas (era profesora de matemáticas). “Las proporciones numéricas están en la naturaleza, como la forma en que un puerro se envuelve a sí mismo desde dentro”, dijo al publicar Alphabet en 1981. Se basó en dos principios de composición. El primero es la secuencia de Fibonacci. El primer poema de la serie tiene un verso, el segundo dos, el tercero tres, el cuarto, cinco, y así sucesivamente. El segundo es el alfabeto. Cada poema y las palabras que utiliza, sigue el orden de las letras: a, b, c, d, e. Sin embargo, bajo esa forma aparentemente estricta, hay lugar para el azar. La autora emprende un viaje paradisíaco, donde poeta y lenguaje se fundan en unión. La lógica,  en el poema no existe. Solo aquello que ocurre en la poliédrica dimensión de la realidad. Hay algo extraordinario/ en la manera en que las palomas/ viven mi vida/ como una evidencia”.
La cadencia con su fuerza enumeradora dotan a la obra de una estructura sistemática que abre la conciencia de quien lo lee por todos lados. El poema parece estar escrito desde la cocina de su casa, una casa rodeada de árboles en cuyo exterior los animales, las plantas, el movimiento de las nubes, en fin, todo lo que existe porque lo vemos deja una evanescente impresión de visibilidad de lo invisible. El paso del tiempo sin que nadie se aferre al su detención melancólica, se mueve con una asombrosa precisión en el nombrar constante de todo lo que existe. Sentimos el oído, la voz, el olfato, el tacto, miramos con la lectura pero el poema se va introduciendo como una música lejana que envuelve y acerca su melodía hasta inundarte. Para Christensen, el lenguaje es directa emanación de la naturaleza, y los primeros versos de Alfabeto parecen brotar de la misma: Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen. Es su ojo quien nombra y quien mira: los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras/ y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno. El hidrógeno que posibilita que la bomba de cobalto exista, y que exista el poder destructivo del odio, pero también existen los niños que aseguran la continuidad del alfabeto, del mundo: Como si alguien hubiese/ juntado el tiempo/ y lo hubiese empujado/ a través de la puerta de/ una habitación”. Sin la traducción excelente de Francisco J. Uriz, que ha hecho concondar el vocabulario danés con el castellano respetando los 386 versos que forman Alfabeto.
Otros poemarios suyos son: Lys (Luz) 1962, Graes (Hierba) 1963, Det (Esto), 1969 y la colección de sonetos Sommerjugledalen (El valle de las mariposas)

ALFABETO
Inger Christensen
Traducción de Francisco J. Uriz


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Budismo





!Qué maravillosamente se comporta el budismo al lado de nuestros negadores de la vida!
Hastío de la vida, pero mil historias de renacimientos.


Elías Canetti

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Poema (Concha García)





1
Primero el dinero
luego, la vida
o la vida antes
que el dinero o nada
de dinero que todo sea
la vida o imposible
ecuación o menos
vida o todo lo que es vida
acaso señuelo dinero
o tanto dinero tanta
vida acaso lo que
importa no es un
tránsito, es recorrido
sin conciencia
luego el orden de nuevo
primero el cuerpo segundo
el dinero, no, el cuerpo antes
de lo primero, existe, es, no colocarlo
en la mente que salga de las entrañas
tercero los muertos tantos muertos
y el dinero que gastaron
todos los muertos y el sonido a monedas
al caer la tarde con los pájaros
yéndose sobre las mieses segundo el
cuerpo vivo exultante latente
cuerpo de vísceras sanas
o mejor el tercero, un cuerpo menos,
el oro brillando, la cruz
rebosa oro por dentro, la cruz de piedra
en el amino hacia el oro, el cuerpo
la salud, la pereza
el rozarse sacando los brazos
otro cuerpo más cuerpos no hay
dinero para tanto
entierro esparciéndose
en el aire denso antiguos denarios
reales yenes peniques dólares piezas
de museo dedos que tocaron
ya nada, no hay nada, nada.



lunes, 4 de diciembre de 2017

Una vida poética o una reflexión acerca del narcisismo de los poetas





Parque Rodó en Montevideo




Publicado en Aladar, El Correo de Andalucía, el 2/12/2017

La experiencia me dice que hay algo que no se puede lograr con la poesía cuando la necesidad primordial de quien se pone a escribir pasa por el reconocimiento inmediato, porque una cosa es escribir y otra esperar que por cada libro el mundo reconozca tu excelencia. La poesía huye de todo eso. Hubo un tiempo que aceptaba entrar en el juego y he llegado a escribir poemas dedicados porque me parecía una delicadeza y un juego. Ahora sé que no. Como decía Gil de Biedma, la vida va en serio. El narcisismo de quienes escribimos poesía es real aunque nadie quiere confesarlo.  No puedo dejar de pensar en aquellos poetas de otros tiempos y no los imagino en esta vorágine de premios y castigos, de poses en recitales con voz impostada, de guiños, de segregación por sexo o por comunidad autónoma. Echo de menos la vida poética, la libertad de salir a la calle y mirarlo todo como si lo viese por primera vez, la generosidad de dar tu tiempo para escuchar a otros y planear con amigos lecturas sin más proyección que el placer de estar juntos.
Hay prisa, mucha prisa por publicar, nos hemos contagiado de un tiempo veloz para colmar una carencia que arrastramos desde nuestra  infancia. No es nada nuevo lo que digo, sabemos que el discurso capitalista juega sobre la falta estructural, el deseo no se puede colmar y ofrece objetos para calmar esa falta.  Los franceses le llamaban a esa falta el mal de vivre, y  estos tiempos de velocidades sorprendentes, están provocando que la lentitud y el silencio, bienes no consumibles masivamente, sean todavía lugares soñados para algunas personas.
Se ha publicado en Buenos Aires un libro colectivo titulado “Hierba sobre un mundo castigado” (Hilos editora) , coordinado por las poetas María Mascheroni y Teresa Arijón. Se trata de un texto colectivo compuesto de poemas,  y en ciertos casos,  poemas completos, de 56 poetas argentinos. El nombre de los autores se reserva para el final. Dice Mascheroni: “Éramos poetas que veníamos de una tradición donde la visibilidad no era un valor, donde se prefería no publicar de inmediato un libro terminado, dejarlo madurar… Una época en la que se quería una vida “poética”, un poco de bohemia… esa palabra tan pasada de moda, tan desjerarquizada. Modos estos que también originaron la poca preocupación o el escaso interés por publicar de inmediato lo que se iba escribiendo”.
Me imagino  un libro de esas características en este país,  donde el nombre sea lo menos importante,  porque el nombre lo llevamos como un imperativo categórico que por nada del mundo queremos hacer desaparecer;  quizás por eso se convocan tantos premios financiados por el erario público, o en el mejor de los casos por fundaciones privadas. Me imagino algunos postulantes llamando por teléfono a los jurados, desesperados por abrirse paso entre sus adversarios, llegando a imponer su nombre a base de promesas o réditos. Abrirse paso entre los premios no apaga la sed de reconocimiento, el colmo del narcisismo se halla entre aquellos que en vida ya tienen su nombre en una calle de su localidad de nacimiento, y  pasean por su población como si estuviesen ya muertos. Éste era un honor que se hacía en el pasado para recordar al poeta que había nacido en un lugar,  y por lo tanto el mismo ayuntamiento  reconocía los logros que el escritor o escritora había aportado a la humanidad una vez concluida su vida y obra. Otra cuestión más razonable es  la entrega de las llaves de la ciudad o las distinciones como Doctor Honoris Causa, que se hacen en  vida como distinción honorífica a una obra o una trayectoria. ¿Qué pensarán las personas que cada día pasan por la calle del paisano a quien se encuentran comprando en la frutería?

El fetichismo no es solo patrimonio español ni es un fenómeno de los últimos siglos. Ya las civilizaciones prehistóricas tenían sus monumentos, hay bellísimos ejemplos de esculturas a lo largo del tiempo y en todos los países. Siempre me llamaron la atención las ecuestres y las dedicadas a los poetas, de ello escribo en mis diarios de Montevideo: La lejanía.  Ya los romanos comenzaron con las ecuestres, y hay verdaderas obras de arte del Quattrocento italiano. Sin duda me gustan más las dedicadas a poetas u escritores que las de los militares. Volviendo al tema. El mito de Narciso lo escribió Ovidio en el año 43 a.C. en su libro Las Metamorfosis. Se basa en la fantasía de un joven llamado Narciso que se enamora de su imagen reflejada en el agua, provocando grandes pasiones entre hombres y mujeres, mortales y dioses, a los cuales no respondía por su incapacidad de amar y reconocer al otro. Si pensamos atentamente,  la incapacidad de reconocer al otro es una enfermedad que se extiende en esta sociedad narcisista, ya sea entre creadores, ya sea entre poblaciones que se sienten diferentes y mejores que otras. 

CONCHA GARCÍA